Bueno, ¡les recuerdo que MENFIS está nominado en Blognovelas! ^^
Alejandro es un profesor de historia caído en desgracia luego de la extraña muerte de su esposa.
Los caminos de ambos se cruzarán una noche en un pequeño bar de París.
Esta novela está disponible para todo aquel que quiera leerla. No obstante, si lo que lees aquí no es de tu agrado, te sugiero que abandones la página o bien visites mi sección de afiliados y escojas un sitio que se corresponda con tus gustos.
Últimos días para votar a MENFIS
La Reina del Nilo, 7
En cuanto hubo salido al pasillo, oyó las voces. Murmullos ininterrumpidos de varias personas y una música de fondo se oían desde el salón de la fama. Alejandro dudó por un instante. Se sobresaltó; el reloj de pie del salón grande había comenzado a chillar como un ruiseñor. Y ahora sonaban las campanadas. Eran las dos de la tarde.
Las puertas del salón de la fama estaban abiertas y varios cables salían de allí para encontrar la electricidad afuera. Un hombre salió caminando hacia atrás, sosteniendo más cables.
—¡Sebastian! —saludó, con una sonrisa amigable—. ¿Cómo estás? —Alejandro sintió que el alivio le acariciaba el cuerpo como las plumas de un pavo real.
—Bien, ¿y tú…? —El hombre acomodó los cables en el suelo, se limpió las manos en los pantalones y alargó la derecha hacia él. Vestía unos vaqueros sencillos y una camiseta blanca sin dibujos. Tenía una tarjeta sobre el bolsillo, sujetada con un broche. «Frank», decían las letras azules—. ¿…Frank? —Alejandro y Frank chocaron las manos y este último sonrió con picardía y señaló con la cabeza el interior del salón.
—Bien —respondió. Alejandro entró. El lugar parecía tener un sol propio: la iluminación era excesiva. Todo parecía estar desordenado, pero él se dio cuenta, de nuevo, de que tan sólo había muchas cosas desperdigadas por allí. Las cámaras, la decoración, las luces, los percheros rebosantes de ropa, las personas que iban y venían llevando cables, papeles, vasos, hablando por teléfono.
—¡Sebastian! —Un hombre más mayor que Frank con el pelo blanco como la flor de un diente de león, se acercó a él con los brazos abiertos. Alejandro, un poco nervioso, aceptó el abrazo y también le palmeó le espalda cuando el anciano lo hizo—. Ven, ven, acompáñame, estoy almorzando. —Y dijo «almorzando» con un tono de voz medio sarcástico. Alejandro lo siguió por entre el mar de cables que inundaba el suelo hasta una mesita plegable donde se amontonaban varias pizzas y unos vasos descartables llenos con Coca —cola.
—¿Qué tal el día… Peter?
—Muy bien, muy bien —exclamó el anciano, mordiendo con ganas una porción. Un muchacho que estaba acoplado a una PC portátil levantó la cabeza y saludó a Alejandro con la mano. Él le devolvió el gesto y tomó uno de los vasos que estaban sobre la mesita—. Lolita Lempicka —dijo, cuando Alejandro comenzó a buscar a Menfis con la mirada—. Aceptaron dejarlo en nuestras manos cuando les dijimos que nosotros sólo lo hacemos así. —Otro joven que pasaba por allí le dio una palmada amistosa en el hombro, hablando por su móvil. Todo era fantástico. ¡Habían caído! —¿Dónde está Menfis, Peter? —El anciano seguía masticando y le señaló con un dedo rollizo un biombo colocado en uno de los extremos del salón. Al parecer, Menfis se estaba cambiando—. Pensé que hoy vendría Adamant —susurró, limpiándose la boca con una servilleta de papel.
—Creo que se pasará por la noche. O tal vez mañana. Le dijimos que queríamos acabar con estas fotos hoy. —Peter le dedicó una mirada orgullosa al salón de la fama y agregó—: no pasa un mes sin que tengamos que volver aquí a trabajar en más sesiones. Todos quieren a Menfis para sus productos… —Alejandro asintió, sin saber muy qué responder.
—Lolita Lempicka… —comenzó, dubitativo—… es perfume de mujer.—Ajá, aunque tienen una línea masculina. Y Menfis perfumes va viento en popa. —afirmó Peter, con una sonrisa afable. Y como si supiera lo que Alejandro iba a preguntarle, dijo—: Menfis es especial. Su belleza, su voz, su talento, su perfección. Incluso su personalidad. —Y acompañó la palabra «personalidad» con un par de floreos de la mano que hicieron que Alejandro se riera—. Todos lo adoran —susurró, inclinándose hacia adelante—. Lo adoramos —corrigió—. Menfis es como…
—¿Un dios? —Peter meneó la cabeza hacia los lados, tal vez meditándolo.
—Una diosa —corrigió.
—¡Oye, Peter, ven aquí un momento! —El anciano se levantó de un salto bastante ágil y se excusó ante Alejandro.
Sí, ese hombre tenía razón. No importaba si Menfis era hombre o mujer, su hermosura lo elevaba hacia el altar de las divinidades.
La reina del Nilo salió de detrás del biombo completamente desnuda. Alejandro parpadeó, conmocionado. No, no estaba desnuda. Sólo llevaba una prenda interior de encaje blanco. Muy sugestiva. En un instante, todos los presentes se arremolinaron alrededor de la pantalla blanca donde se sacarían las fotos. Sin perder el tiempo, Alejandro fue hasta ellos.
El peinador había pasado más de dos horas colocándole las extensiones a Menfis, decían algunos. Se veía tan hermoso con aquel cabello tan largo y tan rubio, casi blanco. Era una aparición. El maquillador le había resaltado los ojos con negro, le había aplicado sombra azul en los párpados y brillo transparente en la boca. Un muchacho le pasó a la reina unos pantaloncillos de seda turquesa. Frente a la extasiada multitud, ella los deslizó por sus piernas esbeltas hasta que llegaron al pubis.
Menfis le decía algo al muchacho, a Alejandro no le llegaron las palabras. El muchacho asentía, sonrojado, y alguien puso en sus manos una especie de tapado de gasa púrpura transparente. El muchacho la tomó, dijo algo y Menfis se dio la vuelta, riendo. La reina pasó un brazo por el saco y luego, el otro. El muchacho parecía estar en las nubes. Y Alejandro no lo culpaba, no… para nada. Varios hombres arrastraron un diván negro hasta el espacio blanco rodeado por las cámaras. Alejandro se dio cuenta de que lo estaban grabando todo, probablemente para venderlo a un canal de cable a cambio de una buena suma de dinero. Después de todo, era Menfis. Un hombre con una camisa rosa se acercó hasta la reina con una esponjilla en la mano y le empolvó las mejillas con rubor. Entonces Menfis vio a su Sebastian entre la multitud y, bajando los ojos pudorosamente, sonrió y le lanzó un beso. Alejandro le devolvió la sonrisa, complacido.
El salón se inundó de los flashes de las cámaras fotográficas y en un momento comenzó a sonar música. Algunos de los presentes acercaron su silla hasta el lugar de las fotografías, cuidando de que las cámaras que filmaban no los capturasen. Alejandro los imitó, con la mirada perdida entre los destellos de la lluvia de diamantes que era el cabello de Menfis. La reina poseía un don natural al momento de posar; no necesitaba de nadie que le repitiera las indicaciones o que siquiera le dijesen cómo debía cruzar las piernas o ladear la cabeza o mostrar la curva de su cintura. Menfis miraba hacia las cámaras con una determinación y un carisma admirable. Menfis seducía a las cámaras, las embrujaba. Pero luego, cuando debía cambiar de postura y llegaba el vestuarista para quitarle una prenda y darle otra a cambio, volvía a su rostro todo aquel brillo de inocencia y pudores que se había agitado entre las sábanas de la cama la pasada noche, durante aquel acto sexual tan singular.
La tarde se fue alargando como un elástico. A Menfis le quitaron las extensiones del cabello, el maquillaje azul y el rubor y le ondularon su propio pelo con una tijera de bucles; le dieron una camiseta de tirantes blanca y unos vaqueros. En el salón de la fama no existía el silencio. Los casi veinte hombres que había allí se lo pasaban hablando, entre ellos o por sus teléfonos móvil. Durante un receso de diez minutos, Alejandro pudo acercarse a Menfis para ver de cerca y mejor sus bucles rubios.
—Estás precioso —dijo, rodeándole la cintura con los brazos. Menfis se mordió su boquita de cuarzo rosado y lo besó en la boca fugazmente. Sabía dulce. Habían dividido un pastel de crema y chocolate en diecinueve porciones.
—No me gusta esta ropa —susurró, mirándose la camiseta y los vaqueros. Alejandro sintió ganas de reír a carcajadas. Era ropa de hombre.
—Te queda bien —afirmó. Le acarició la mejilla y Menfis le apretó el trasero, deshaciéndose en risitas.
—Esta noche lo haremos de nuevo —le dijo al oído, mordiéndole el lóbulo. Alejandro suspiro. ¿Hacer de nuevo qué cosa? ¿Aquel simulacro sin penetración? Suspiró de nuevo y miró a su alrededor. Algunos de los hombres lo contemplaban con envidia al ver a la reina adosada a su cuerpo. Sonrió. Alejandro tenía a la reina sólo para él y haría lo que ella quisiera.
Esa noche se enteró de que el castillo no tenía servidumbre. Menfis afirmó que su madre no era amiga de tener criadas ni mayordomo, que siempre decía que la mejor comida era la que preparaba uno mismo. Indagando un poco, siempre con cautela, Alejandro logró que Menfis le dijera que su madre estaba de viaje en América y que no sabía exactamente cuándo volvería. Había partido hacía ya varios meses, pero Menfis no se preocupaba porque ya había recibido varias llamadas y porque además… tenía a Sebastian junto a él.
—No le digas a mi mamá que hacemos estas cosas —gimió, buceando por el sudor de las piernas de Alejandro, saboreando los primeros fluidos que se asomaban por su sexo. Hacía dos horas había comenzado a llover y el sonido del agua que chocaba contra la superficie del foso era la única música que se oía en aquella habitación de niña hermosa. La oscuridad había ido lamiendo sus rincones y la única luz que iluminaba los ojos de Menfis eran los relámpagos fugaces que precedían a los truenos, gritos de angustia que caían del cielo.
—No… claro que no. —Alejandro sentía que explotaría. La cabeza le explotaría, el cerebro, las neuronas, toda su cordura se derramaría sobre esa cama y sobre toda la blancura de la reina si no lograba satisfacer en ella la lujuria trepidante que se acumulaba en su saliva. Menfis se sentó sobre su ahogada entrepierna, contoneándose y jadeando, mientras Alejandro clavaba los dientes en su cuello, recorría las venas con la lengua tal vez intentando borrarlas. Una redecilla de encajes. Sólo eso los separaba. Alejandro quería desgarrarla, quería hacerla trizas, quería que se deshiciera en su boca como un cubo de azúcar. Quería descubrir la golosina que ocultaba y chuparla como a un helado de fresa. Pero no lo haría, ni siquiera lo intentaría porque…
Todavía tengo diecisiete.
Diecisiete. Diecisiete años. Oh, Menfis era tan joven, tan inocente. Alejandro hasta dudaba que comprendiera lo que estaban haciendo en ese instante… la naturaleza de los agudos que se descalabraban en su garganta de sirena, el sabor agresivo del sudor que bajaba por su frente y la bruma de deseo que nublaba sus abismos acuáticos cuando los truenos sacudían el castillo y los iluminaban a ambos, muertos de ansias y desesperación.
La cabellera de Menfis cayó sobre la almohada y su boca profirió un chillido de desasosiego. Su pecho subía y bajaba. Se secó la transpiración con la sábana y ladeándose, hizo lo mismo con su Sebastian. Le limpió el rostro amorosamente, el cuello, bajó por su torso y dejó pasear sus ojos por las cordilleras del vientre, donde las gotitas se habían estancado entre los valles. Se pasó la lengua por los labios, bajó la mirada. Apenado, Alejandro vio cómo intentaba cruzar su pierna derecha sobre la izquierda para ocultar la sombra de humedad que crecía sobre el encaje blanco. Habría deseado secar esa humedad con su propio aliento, pero sabía que no debía porque…
Todavía tengo diecisiete.
Le acarició la mejilla, la piel sin mácula. Le levantó el rostro y sus ojos de océano misterioso lo contemplaron desde la lejanía de una isla sepultada por la eternidad.
—Te amo —susurró la reina, con su vocecita apagada. Un nuevo relámpago iluminó la habitación y Alejandro pudo ver la lágrima de cristal que bajaba por su mejilla. Menfis se dio la vuelta y él lo rodeó con sus brazos.
—Yo también. —Sin decirse nada más, se durmieron.
Alejandro sentía que se ahogaba. Flotaba dentro de una sustancia viscosa, en alguna especie de recipiente cerrado. Veía sus miembros como tentáculos y el líquido que lo rodeaba le impedía ver más allá de su cuerpo. Se sentía pesado, lánguido. Cuando intentó moverse, pateó la pared rojiza que tenía frente a él y el pie se le hundió en una masa caliente que parecía gelatina. Su pie no era su pie. Su pie era el pie de otro, una cosa pequeñita y deforme. A su alrededor todo era rosa. Pero no un rosa como el de la habitación de Menfis: un rosa carnoso, casi rojo. Volvió a patear la gelatina y la pequeña deformidad de su pie se hizo más grande. Intentó nadar y entonces, gritó. A su lado había un feto enorme, gigantesco, con los ojos cerrados y el dedo pulgar en la boca. Quiso gritar, pero su boca parecía sellada y no sentía los dientes. De repente, comprendió. Él también era un feto y ambos estaban en el útero de su madre. Su gemelo estaba dormido, tal vez. O quizás muerto. No. Se movía, Alejandro podía ver el movimiento de su pulgar y su boca. En un momento sintió que todo a su alrededor se sacudía. Su gemelo se quitaba el dedo de la boca y Alejandro sacudió los brazos. No podía respirar. Vio algo que se movía justo arriba de sus cabezas, algo azul o verde, no podía verlo claramente. Algo que se asemejaba mucho a ¿una cola de pez? ¿De sirena?
La cola de sirena descendió hasta sus manos y llegó a acariciarle la cabeza. Era un poco rugosa, o tal vez Alejandro lo sintiera así en su epidermis de niño aún no nacido. La tocó. Estaba tibia. Con todas las fuerzas que fue capaz de reunir, se aferró de esa cola. Y en ese mismo instante, sintió que era succionado hacia arriba mediante un tremendo tirón.
Cuando abrió los ojos, estaba junto a Fantasma.
—¿Pesadillas, profesor? —canturreó el chico. Alejandro se alejó de la cama de un salto. Fantasma lo miró con sus ojos congelados y sus rizos teñidos de violeta brillaron ante la luz de aquella vela eterna.
—¡Joder! ¿Qué mierda me está pasando? —gritó él, agarrándose la cabeza, como temiendo que se le cayera de los hombros. Aquel sueño tan horrible, su gemelo, el útero… ¿Y Menfis? ¿Dónde estaba Menfis? ¿Dónde estaba su reina?
—Es el Poncio Pilatos —explicó Fantasma. Alejandro se acercó a él. El chico vestía otra vez de negro; se había quitado el atuendo ridículo, el disfraz de niña muerta—. Te tiene… —y se atornilló el dedo en la sien, sacando la lengua en una mueca burlesca. Alejandro sintió que le hervía la sangre en las venas. Se lanzó hacia la cama en pos de aquel animalillo repugnante y los huesos de Fantasma se incrustaron contra el colchón cuando todo su peso se derrumbó sobre él—. Anda… si quieres follarme, pídelo más amable… mente —chilló el chico, hundiendo la cabeza en la almohada. Alejandro quería matarlo, quería arrancarle esa enredadera de serpientes que tenía en vez de cabellos y lanzar su cuerpo desmembrado al río.
¿Era cierto, entonces? ¿Nada era real? ¿Menfis no era real? ¿Sus besos, sus caricias, su perfume a violetas en llamas, la humedad del encaje blanco? Las serpientes de Fantasma se mecieron cuando se inclinó hacia él.
—Tranquilo, profesor —susurró Fantasma, alargando la mano. Le acarició el rostro suavemente, con delicadeza pero al mismo tiempo con precaución—. Tranquilo. —Alejandro lo observó, mientras su respiración se aquietaba. Los ojos de Fantasma eran tan azules y estaban tan fríos… Su boca era tan roja y su lengua, tan húmeda. Su piel era tan pálida; su cuello, tan delgado… sus huesos, tan frágiles. ¿Qué tan profundo sentirían el amor?
Fantasma dejó que Alejandro le quitara los pantalones y que recorriera con manos y lengua lo que Menfis le había prohibido, en sus sueños o fuera de ellos. Fantasma estaba tibio en los lugares más ocultos y su piel estaba salada, casi amarga. El vello de su pubis era de un color castaño; tal vez el muchacho fuese rubio en realidad. ¿Qué otro color del arcoíris habría sepultado el tinte violeta de sus rizos marchitos?
Alejandro había visto una vez un perro herido y pensó que Fantasma gimoteaba tanto o más que aquel animal. Sus jadeos surgían desde lo más profundo de sus pulmones de carne cocida y atravesaban cientos de mecanismos hasta llegar a la punta de su lengua, donde corrían a volar entre las partículas de polvo que flotaban en el ambiente saturado de humo. Alguien había encendido un montoncito de incienso y lo había colocado en un plato junto al armario del oso ciego. El incienso chisporroteaba junto a las piernas de Fantasma y Alejandro pensó que era posible que el chico también se estuviese quemando por dentro y fuese por eso que chillaba tanto. Pero no era así. Fantasma estaba excitado por ser el receptor por primera vez en mucho tiempo; seguramente no podía creer lo que estaba sucediendo. ¿Alguien le habría hecho eso alguna vez antes que él, que Alejandro?
Fantasma se retorció entre las sábanas y sus ojos de cubos de hielo se licuaron con el humo del incienso; de su boca se escapó un gruñido bestial y de su interior brotó un manantial amargo que fue a encontrar cobijo entre los cientos de mecanismos de Alejandro…
—Ay, profesor… ay, profesor —decía el chico, mirando el techo. Y él volvió a preguntárselo: ¿dónde estaban los padres de Fantasma? Una oleada caliente de placer morboso le subió por la espina dorsal. Fantasma le llamaba «profesor». ¿Y si su padre era alguno de los licenciados trajeados que estacionaban sus cero kilómetros en el parque de la universidad?—. Ay, profesor… —Con ese pensamiento revoloteando entre los axones de sus neuronas agitadas, Alejandro comenzó a adormecerse entre las piernas de Fantasma todavía con su sabor en la boca. Oyó un trueno, algo como una explosión y luego, los destellos lechosos que se le colaban entre las pestañas…
Pero despertó en el castillo, sin Menfis junto a él. Seguía oyendo el fragor del diluvio y el silbido del viento que maullaba por sus recovecos.
—¿Menfis? —La luz del dormitorio estaba apagada. La del baño también. Menfis no dormía a su lado y sus pantuflas de felpa rosa habían desaparecido. Nervioso, Alejandro se levantó… y un dolor punzante y terrible se clavó en su pie, haciéndole gritar—. Mierda… ¡MIERDA! —El relámpago iluminó la alfombra e hizo que los trozos de vidrio del vaso brillaran malignamente bajo sus ojos. Se había caído. Se había roto. Se le había enterrado en el talón. Delirando de dolor, encendió la lámpara, volvió a sentarse en la cama y se quitó el trozo de vidrio. Tenía que curarse. Tenía que colocarse una venda o algo. Lo que fuera. La sangre manchaba la sábana y gateó hacia el otro extremo de la cama, donde no había trozos de vidrio. Fue hasta el cajón de la ropa interior de Menfis y sacó a ciegas una de las prendas. Se sentó en el suelo y lo enrolló en torno a su pie herido. ¿Tendría que ir al hospital? ¿Tendrían que coserlo? Suspiró. Se había desesperado demasiado. Después de todo, la herida no parecía tan profunda. Cuando era niño se había quebrado la muñeca y el dolor había sido mil veces peor. ¿Qué le sucedía ahora, asustándose por un trocito de vaso? Se sintió culpable… le había manchado las sábanas a la reina. Su alfombra, la prenda interior… La sangre de la alfombra casi no se notaba, pero sí debería cambiar las sábanas. Y aquellas bragas de encaje, pues… Alejandro las miró y se acordó de Sara. De cómo odiaba que le llegase la regla una vez al mes y dormía en el sofá del living para que no le molestase el olor que él afirmaba no sentir.
Se puso de pie y se calzó. Tenía que encontrar algo para desinfectarse la herida. Tenía que encontrar a Menfis. Salió al pasillo. Aquellas luces nunca se apagaban y los pasillos jamás estaban a oscuras. Fue recorriendo las habitaciones una a una.
—Menfis… ¡Menfis! —No estaba ni en el salón de juegos ni en el salón de la fama. Los demás dormitorios también estaban vacíos, con sus camas tristes sin sábanas y sus mesitas de luz sin muñecas pelirrojas. Bajó las escaleras. Menfis tampoco estaba en el salón grande, ni en la cocina, el comedor o junto a todos los obsequios que le llegaban desde los suburbios del continente. Sólo quedaba el jardín, pero… ¿habría salido la reina a congelar su piel de pétalos bajo aquel torrente de furia?
Alejandro se sentó en el sofá rococó. Le temblaban las manos. Sudaba hielo. Menfis había desaparecido. ¡La reina no estaba!
«Tranquilo —se dijo—. Tiene que estar en algún sitio… no se puede haber esfumado.»Oh, pero con todas aquellas pesadillas que lo llevaban junto a Fantasma, no podía estar tan seguro. ¿Qué se le habría olvidado en la habitación de aquel puto, que soñaba con él cada vez que cerraba los malditos ojos? ¿Por qué no podía dejarlo dormir en paz, eh?
Y lo oyó. El grito. Fue algo así como el alarido más agudo del mundo, como la desesperación hecha sonido, como la muerte fluctuando en el aire y quebrándose. Alejandro creyó que le perforaría los tímpanos, que los vitrales del castillo estallarían en miles de chispas, que aquel grito descalabrado se le metería por los oídos y se le clavaría en el corazón. Oh, mancharía la alfombra persa con sangre. Más sangre. Menfis se enfadaría con él…
—¡Menfis! —Menfis había gritado, ¡Menfis estaba en el castillo! Pero… ¿dónde? Su mente comenzó a trabajar con una velocidad trepidante. Y entonces, sus ojos se cruzaron con las escaleras que bajaban hasta los subsuelos. Menfis tenía que estar allí. ¿Le habría ocurrido algo? Ya no se oían más gritos. Bordeando la columna, una columna con nervios y detalles de serpientes devorando dragones, Alejandro llegó hasta la escalera. Estaba prudentemente cerrada con una cadena. «Prohibido pasar», decía cada uno de los eslabones. Pero Alejandro no podía obedecerles. Su reina estaba allí abajo. Con cuidado de no hacer ruido, quitó la cadena del enganche y comenzó a bajar.
El espacio se oscurecía con cada paso que daba y él no tenía dudas de que pronto se quedaría completamente a oscuras. ¿Menfis podría estar allí? ¿Qué le habría hecho huir de la cama a medianoche? Llegó a un rellano apenas iluminado con una lámpara que simulaba un candelabro de pie. Y podía ser su imaginación, pero tenía la leve sensación de que todo allí estaba más frío y… más sucio. Parecía otro lugar, otro castillo. Aquel sótano no combinaba para nada con los vitrales de la habitación de la reina ni con los sofás rococó. Parecía una prisión. Parecían calabozos. Oyó un gorgoteo, como el de una canilla rota. Y efectivamente, allí estaba. Un grifo con cabeza de dragón empotrado en la pared vomitaba por sus fauces gotas y gotas de agua que caían al suelo y formaban un charco que se iba agrandando.Alejandro parpadeó, contrariado. Estaba en un rellano cuadrado, pero allí no había puertas ni ventanas. ¿Dónde estaba Menfis, por Dios?
Se arrodilló sobre el suelo. Había visto una pequeña rendija en la base de la pared. Había luz. Se oían ruidos. Con sigilo, inclinó la cabeza hasta la rendija, lo suficiente como para asomar un ojo. Lo que vio casi hizo que gritara igual o peor que Menfis.
Era una sala rectangular y estaba ubicada considerablemente más abajo que el rellano en el que él estaba. Aquel sitio debía de ser el verdadero subsuelo. Y la pequeñísima rendija de cuatro rejas por la que estaba espiando, una precaución para que corriera el aire. Allí abajo había dos personas de pie. Y Menfis… Menfis estaba recostado en una camilla muy parecida a aquélla en la que habían colocado a Sara el día del accidente. ¡Pero no! Menfis no estaba (no podía estar) muerto. Estaba dormido, anestesiado. La mujer era alta y pelirroja. Llevaba gafas, un delantal blanco y guantes de látex. El hombre era gordo y de movimientos torpes. Era el ayudante. Estaban ubicados de espaldas a la rendija, de espaldas a Alejandro, y él no podía ver lo que fuera que le estuviesen haciendo a Menfis. La sala, al igual que el rellano, tenía sus muros de piedra colaborando con el eco de los sonidos. Alejandro vio un maletín, una mesa llena de instrumentos médicos, botellas de vidrio… Vio el filo brillante de un bisturí; se reprimió mentalmente porque… ¿cuándo había visto él un bisturí? Pero de algo sí estuvo seguro: la mujer tenía las manos manchadas de sangre. Y en un momento, le pareció que el hombre miraba hacia arriba y lo contemplaba directamente a los ojos.
Sinful, by Menfis, the new fragance - el trailer
Si lo quieren ver en alta definición, pueden descargarlo de AQUÍ (4,62 mb.)
Mañana, el próximo capítulo de la historia ;)
ENTRE EL CIELO Y EL INFIERNO ya a la venta
NOVEDADES DE ESTE EBOOK, ¡MUY IMPORTANTE!
Dado que el libro es vendido como novela homoerótica, he decidido respetar los personajes originales de la primera versión. Éstos son:
Fabián. En la versión que estaba subiendo a Amor Yaoi, le "cambié el sexo al personaje". Lo hice mujer, Fabienne. El motivo es que pensaba distribuir el eBook gratuitamente; en resumen, lo hice para que no todo el contenido fuese "gay" y fuese aceptado en "otros círculos". Tu vieja, ahora ¡todas las parejas son H/H! ¡Muajaja! Fabián es hombre y su nombre es "Fabien". En francés, se entiende ;)
Agustín o Augustin. Lo mismo que Fabián.
Los lemons. ¡Vuelven a estar! Dirty, dirty, sex!
Y ahora sí ;) a lo importante:
SINOPSIS
ENTRE EL CIELO Y EL INFIERNO
Novela gótico-homoerótica
Cuando su hermana se fuga con el padre de su futuro hijo, Emmanuel Malory ni siquiera se preocupa. ¿Qué mejor que tener el apartamento sólo para él y el hombre que acaba de conocer frente a un cementerio de París? Pero este hombre no es como todos los que suele llevarse a la cama: ni siquiera es humano.
Centelleantes ojos verdes, cabello negro y una sonrisa perversa siempre en el rostro. Así es Alexieu, un demonio de más de seis mil años… Aunque este magnífico ser guarda también muchos secretos: ¿quién es el padre del hijo de Valerie? ¿Cómo murió la madre de Emmanuel? ¿Dónde está Charles Malory, el padre de ambos hermanos, desaparecido hace más de diez años?
Alexieu tiene bien en claro su misión: alejar a Emmanuel de los seguidores de Lucifer, protegerlo y… amarlo. Pero el joven está lleno de preguntas. Y mientras París duerme, las respuestas deambularán por las calles.
Editora Digital tiene varios métodos de pago:
Paypal:
Es uno de los sistemas más difundidos para hacer compras por Internet. Su ventaja es que no se debe dar la tarjeta de crédito una y otra vez en cada sitio que vamos a comprar, sino que se guarda en un sólo lugar (PayPal) y éste funciona como un "monedero virtual".
Según ellos mismos, tienen 150 millones de usuarios en todo el mundo.
El proceso de registración es sencillo, y se puede operar SIN TARJETA DE CRÉDITO. Sólo se necesita una dirección de correo electrónico.
Más información en el propio sitio de PayPal.
Money Booker:
Más información en el propio sitio de Moneybooker.

Si usted no posee cuenta bancaria, ni tarjeta de crédito y vive en Argentina, Chile, Brasil, México o Colombia, puede utilizar este servicio.
El sistema le permite generar un cupón que luego se paga en Rapipago, Pagofácil y similares. Como en los otros servicios, sólo necesita una dirección de correo electrónico.
Más información en el propio sitio de DineroMail.
Bueno, creo que eso es todo :) Espero que disfruten mucho el eBook. No duden en hacerme llegar sus comentarios. Incluso pueden comentar el libro en el Foro de la Editora Digital. Creo que iré dejando cositas por allí: wallpapers, postales, calendarios. Eso si la U me da un respiro :S
<>

















